Si tienes un aloe vera en casa, sabrás que es de esas plantas que parecen duras como una piedra… hasta que te pasas con el agua y se convierte en gelatina. Por eso es clave saber cómo y cuándo regarlo. No es complicado, pero hay que pillarle el punto: ni cada dos por tres ni solo cuando te acuerdas. Y ojo, que no vale lo mismo si está en maceta o en el suelo, ni si vive dentro de casa o toma el sol fuera.
¿Por qué el riego es su punto débil?
De todos sus cuidados básicos, el riego es sin duda el talón de Aquiles del aloe. Es una planta de clima seco que no tolera el exceso de humedad: si te pasas, sus raíces se pudren rápido; si te quedas corto, se pone flácido y sus hojas se arrugan.
Para hacerlo bien, fíjate en el sustrato: debe estar seco al menos en los primeros 3-4 cm antes de volver a regar. Usa una tierra con buen drenaje que no encharque y una maceta con agujeros. Si lo tienes en exterior y ha llovido, no vuelvas a regar. Y si lo acabas de trasplantar, dale unos días de margen.
¿Cada cuánto hay que regarlo?

No hay una regla universal: depende del entorno y del recipiente. En maceta necesitará más atención que en suelo, porque se seca antes. En invierno puede pasar semanas sin agua si el ambiente es frío y húmedo. En verano, sobre todo a pleno sol, quizá necesite riego cada 10-15 días, siempre comprobando antes la tierra.
En interior el riego puede espaciarse más si la temperatura es estable y no hay corrientes de aire caliente. La clave es no regar por calendario, sino por necesidad: usa el dedo, un palillo o un medidor de humedad. Y recuerda, mejor quedarse corto que pasarse.
¿Cuál es la mejor forma de regarlo?
Nada de hacerlo por rutina o porque «toca los jueves». Antes de regar, asegúrate de que la tierra esté seca. No mojes las hojas directamente, sobre todo si no se van a secar pronto, porque pueden aparecer manchas o pudriciones. Lo ideal es regar en la base, sin empapar todo el sustrato.
Un buen truco es el riego por inmersión si está en maceta: sumerges la base unos minutos y luego dejas que escurra bien. También puedes regar desde arriba, siempre con cuidado y sin inundar. Si sus hojas tienen polvo, límpialas con un paño húmedo de vez en cuando, pero sin rociarlas, para mantener sus poros limpios.
Y evita los platos con agua estancada debajo: son un billete directo a la pudrición.
Si riegas bien desde el principio, tu aloe no solo se mantiene sano: crece más rápido y produce hojas más firmes y con más gel. No es cuestión de regar más o menos, sino de hacerlo cuando toca.
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