En cualquier rincón húmedo y sombreado es fácil encontrarse con musgo cubriendo rocas, troncos y suelos. Aunque parezca solo una alfombra verde decorativa, este organismo tiene unas características y funciones fascinantes. Te explicamos de forma práctica qué es el musgo, qué tipos hay, cuáles son sus partes y para qué sirve.

¿Qué es el musgo?
Los musgos fueron de las primeras plantas en colonizar el medio terrestre, y gracias a ellos pudieron aparecer después plantas más grandes y complejas. Se definen como plantas no vasculares brioifitas: no tienen raíces ni tejido vascular, sino que absorben agua y nutrientes del aire a través de toda su superficie. Son de pequeño tamaño, tienden a extenderse en forma de tapiz y, al ser clorofílicos, realizan la fotosíntesis (de ahí su color verde).
¿Qué tipos de musgo hay?
La clasificación de los musgos comprende 8 clases, pero la más común es la Bryopsida, que engloba el 95% de los musgos. Otra muy conocida es la Sphagnopsida (los esfagnos o musgo sphagnum), fácil de identificar y capaz de absorber hasta 20 veces su peso en agua, por lo que es un clásico en terrarios y jardinería.
¿Cuáles son las partes del musgo?
Solo se aprecian bien con lupa. Estas son sus estructuras principales:
- Rizoides (falsas raíces): pequeños «pelos» que sujetan la planta al suelo.
- Cauloides (falsos tallos): filamentos delgados de los que salen las falsas hojas.
- Filoides (falsas hojas): pequeñas hojas puntiagudas donde se realiza la fotosíntesis.
- Arquegonios y anteridios: los órganos sexuales femeninos y masculinos.
- Esporofitos: producen las esporas que se dispersan para dar nuevos musgos.
¿Para qué sirve el musgo?
El musgo es un auténtico arquitecto del paisaje: lleva cientos de millones de años creando suelo fértil. Estas son sus funciones clave:
- Frena la erosión: su estructura fibrosa atrapa partículas de suelo y agua, formando una capa protectora frente a la erosión del viento y la lluvia.
- Retiene agua: almacena grandes cantidades de líquido y lo libera poco a poco, actuando como reservorio natural.
- Regula el microclima: mantiene humedad y temperatura, creando ambientes más frescos en zonas forestales.
- Favorece la biodiversidad: da refugio y alimento a multitud de invertebrados y pequeños animales.
- Forma suelo: al descomponerse aporta materia orgánica y nutrientes que enriquecen la tierra.
Además, tiene una capacidad asombrosa: puede secarse ante la falta de agua y «resucitar» meses después al recibir humedad. Por todo esto, y por su belleza, es un imprescindible en terrarios y decoración natural.