El romero es una de esas plantas mediterráneas duras como una roca: aguanta sequía, calor y suelos pobres. Aun así, agradece algunos cuidados. Saber cómo y cuándo podar el romero marca la diferencia entre una mata desordenada y un arbusto compacto, sano y lleno de aroma, con el que aprovechar todas sus propiedades y beneficios.
¿Por qué conviene podar el romero?
El romero desarrolla tallos leñosos con el tiempo y, si no se controla, el centro se vacía y la planta se vuelve menos productiva. Una poda bien hecha estimula nuevos brotes, mantiene la planta equilibrada y evita que envejezca antes de tiempo. Además, podar en el momento correcto evita problemas: hacerlo tarde puede debilitarla antes del frío, y demasiado pronto puede frenar la floración.
¿Cuándo podar el romero?
Lo más habitual en clima mediterráneo es podar justo después de la floración principal, entre primavera y principios de verano: la planta ya ha gastado energía en las flores y puede concentrarse en generar nuevos brotes. Si está en maceta, mejor una poda más ligera y frecuente (recortar puntas y ramas largas); si está en el suelo del jardín, puede ser algo más intensa, una o dos veces al año. Evita las podas fuertes en pleno invierno o durante olas de calor.
¿Cómo podar un romero?
Empieza con unas tijeras de poda limpias y afiladas (desinféctalas si las has usado en otras plantas). Trabaja siempre sobre tejido verde, nunca sobre madera vieja muy dura. Recorta las puntas de los tallos dejando varios centímetros de crecimiento verde: eso estimula brotes laterales y hace la mata más compacta. Elimina también ramas secas o muy largas, sin cortar demasiado profundo. Y aprovecha las ramitas podadas para reproducir el romero por esquejes.
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